sábado, 4 de abril de 2020




DON RODRIGO DÍAZ Y VIVAR ESPAÑA

Don Rodrigo Díaz de Vivar, más conocido como El Cid Campeador, fue un héroe castellano según se mire. Según se mire pues, si bien para algunos fue un caballero gallardo y valeroso triunfante en numerosas lides y refriegas, para otros fue un cobarde misógino con un miedo atroz a las faldas. De ahí su turbulento matrimonio con Juana Díaz y su odio enfermizo al árabe invasor o, para ser más exactos, a la moda Omeya de las chilabas largas con faldón caído. Como buen hidalgo, Rodrigo desconfiaba de todo aquel que no tenía nada que esconder, y pensaba que había ciertas cosas que era mejor mantener bien sujetas y a resguardo, cosa que a Doña Jimena había de causar gran dolor emocional y no menos dolor físico, pues el cinturón de castidad no se preciaba de ser una prenda especialmente ergonómica.

Pero si bien Don Rodrigo había vivido muchos días de gloria gracias a las incontables batallas que había ganado (Él no, ojo, su ejército. Lo que nos gusta a los españoles usar el plural mayestático. Como cuando alguien dice que ha ganado la Champions League y lo más redondo que ha visto en su vida son las albóndigas de su madre) también tuvo momentos de bajeza en su vida, como los continuos exilios que padeció, siendo el más famoso de ellos el que sufrió durante dos semanas al sofá del salón cuando Doña Jimena le pilló en la alcoba batallando en dura lid con el cinturón de castidad de la esposa del embajador de la corona de Aragón. No eran buenos tiempos para los escarceos amorosos rápidos y discretos pues aún quedaban muchos años hasta la invención del Tres en Uno.

Rodrigo Díaz de Vivar, cansado de luchar junto a su mesnada como mercenario para las distintas coronas y reinos de la península, consagró su vida a la formación de un señorío propio en Valencia, teniendo relativo éxito pues continuas eran las conquistas de la ciudad por parte del árabe así como las posteriores reconquistas del castellano en una suerte de turnismo que a la población había de costarle bastantes dolores de cabeza, ya que no llegaban a tener muy claro cuando podían beber vino y cuando no. Fueron llamados los Cánovas y Sagasta de la época, si bien no entendían del todo por qué, la verdad. Rodrigo fue, en definitiva, el primer tránsfuga de España, pero no fue esto lo que le hizo pasar a los anales de la historia.

El verdadero hito en la vida de nuestro protagonista ocurrió en el año 1094 de nuestro señor, tras una de las ya tradicionales tomas de la ciudad de Valencia por parte del mismo (ese año le tocaba a él, por ser par). Como era tradición, el perdedor era llevado a la plaza mayor de la ciudad, donde se le sometía a escarnio público, que no púbico, ojo. Pactado, eso sí. Pero ese año, por razones de la vida, Don Rodrigo se retrasó más de la cuenta pues, llevado por la comprensible euforia de la victoria (como si le hubiera pillado por sorpresa, fíjate) quiso ayuntar con su esposa Doña Jimena sobre los mullidos cojines moriscos del gobernante saliente. Pero antes de llegar al momento cumbre del rito de apareamiento se dio cuenta que se había dejado el llavero en la otra armadura. Había éste de ser el mayor servicio que Rodrigo hubiese de agradecer a su afilada espada Tizona. Y aunque consiguió romper el parapeto del honor de su esposa a base de estocadas apasionadas (me refiero, claro está, al quebrado del hierro del cinturón de castidad a golpes de espada, no a otra cosa, pues Doña Jimena no sólo hacía muchos años que había dejado de ser virgen, sino que en sus estancias de soledad durante las campañas militares de su marido se sacó un curso de cerrajera que había de darle muchas satisfacciones), esto hizo que la tradicional ceremonia de traspaso de poderes se retrasase, por lo cual en el momento de la misma ya había caído la noche y tuvo que celebrarse a la luz de las antorchas. Allí estaba Ibn Yahhaf bastante tieso y con helado rictus tanto por el frío como por la espera (y es que no eran formas, hombre, qué poca seriedad). Y allí se acercaba Don Rodrigo Díaz de Vivar, antorcha en mano, subiéndose apresuradamente las grebas de la armadura con la mano restante y dando saltitos descompasados mientras profería atropelladas disculpas por la tardanza.
Pero quiso la mala fortuna que, debido a todo aquello, el aturullado conquistador perdiese pie y tropezase con uno de los correajes de su armadura y cayese de bruces, cuan largo era, a los pies del líder derrocado, dejando escapar la antorcha que portaba, que fue a parar a los faldones de la chilaba del interfecto, que prendió al momento provocando el comprensible enfado y fallecimiento del mismo entre majestuosas y espectaculares llamaradas nocturnas. Esto provocó los vítores desaforados de los espectadores al evento, no por afán truculento de venganza o sed de sangre, sino porque así al menos iban a tener estabilidad política durante algunos años seguidos al fin. Y las tabernas lo agradecerían, qué duda cabe.

Y aunque en ese momento Don Rodrigo Díaz de Vivar pasó gran vergüenza y desasosiego, no entendió que justo entonces, y por accidente, había inventado la mayor fiesta del levante peninsular, las Fallas de Valencia, que quedarían como clara demostración del hartazgo institucional del pueblo frente al gobernante.

FIN