DON RODRIGO DÍAZ Y
VIVAR ESPAÑA
Don Rodrigo Díaz de Vivar, más
conocido como El Cid Campeador, fue un héroe castellano según se mire. Según se
mire pues, si bien para algunos fue un caballero gallardo y valeroso triunfante
en numerosas lides y refriegas, para otros fue un cobarde misógino con un miedo
atroz a las faldas. De ahí su turbulento matrimonio con Juana Díaz y su odio
enfermizo al árabe invasor o, para ser más exactos, a la moda Omeya de las
chilabas largas con faldón caído. Como buen hidalgo, Rodrigo desconfiaba de
todo aquel que no tenía nada que esconder, y pensaba que había ciertas cosas
que era mejor mantener bien sujetas y a resguardo, cosa que a Doña Jimena había
de causar gran dolor emocional y no menos dolor físico, pues el cinturón de castidad
no se preciaba de ser una prenda especialmente ergonómica.
Pero si bien Don Rodrigo había
vivido muchos días de gloria gracias a las incontables batallas que había
ganado (Él no, ojo, su ejército. Lo que nos gusta a los españoles usar el
plural mayestático. Como cuando alguien dice que ha ganado la Champions League
y lo más redondo que ha visto en su vida son las albóndigas de su madre)
también tuvo momentos de bajeza en su vida, como los continuos exilios que
padeció, siendo el más famoso de ellos el que sufrió durante dos semanas al
sofá del salón cuando Doña Jimena le pilló en la alcoba batallando en dura lid
con el cinturón de castidad de la esposa del embajador de la corona de Aragón.
No eran buenos tiempos para los escarceos amorosos rápidos y discretos pues aún
quedaban muchos años hasta la invención del Tres en Uno.
Rodrigo Díaz de Vivar, cansado de
luchar junto a su mesnada como mercenario para las distintas coronas y reinos
de la península, consagró su vida a la formación de un señorío propio en
Valencia, teniendo relativo éxito pues continuas eran las conquistas de la
ciudad por parte del árabe así como las posteriores reconquistas del castellano
en una suerte de turnismo que a la población había de costarle bastantes
dolores de cabeza, ya que no llegaban a tener muy claro cuando podían beber
vino y cuando no. Fueron llamados los Cánovas y Sagasta de la época, si bien no
entendían del todo por qué, la verdad. Rodrigo fue, en definitiva, el primer
tránsfuga de España, pero no fue esto lo que le hizo pasar a los anales de la
historia.
El verdadero hito en la vida de
nuestro protagonista ocurrió en el año 1094 de nuestro señor, tras una de las
ya tradicionales tomas de la ciudad de Valencia por parte del mismo (ese año le
tocaba a él, por ser par). Como era tradición, el perdedor era llevado a la
plaza mayor de la ciudad, donde se le sometía a escarnio público, que no
púbico, ojo. Pactado, eso sí. Pero ese año, por razones de la vida, Don Rodrigo
se retrasó más de la cuenta pues, llevado por la comprensible euforia de la
victoria (como si le hubiera pillado por sorpresa, fíjate) quiso ayuntar con su
esposa Doña Jimena sobre los mullidos cojines moriscos del gobernante saliente.
Pero antes de llegar al momento cumbre del rito de apareamiento se dio cuenta
que se había dejado el llavero en la otra armadura. Había éste de ser el mayor
servicio que Rodrigo hubiese de agradecer a su afilada espada Tizona. Y aunque
consiguió romper el parapeto del honor de su esposa a base de estocadas
apasionadas (me refiero, claro está, al quebrado del hierro del cinturón de
castidad a golpes de espada, no a otra cosa, pues Doña Jimena no sólo hacía
muchos años que había dejado de ser virgen, sino que en sus estancias de
soledad durante las campañas militares de su marido se sacó un curso de
cerrajera que había de darle muchas satisfacciones), esto hizo que la
tradicional ceremonia de traspaso de poderes se retrasase, por lo cual en el
momento de la misma ya había caído la noche y tuvo que celebrarse a la luz de
las antorchas. Allí estaba Ibn Yahhaf bastante tieso y con helado rictus tanto
por el frío como por la espera (y es que no eran formas, hombre, qué poca
seriedad). Y allí se acercaba Don Rodrigo Díaz de Vivar, antorcha en mano,
subiéndose apresuradamente las grebas de la armadura con la mano restante y
dando saltitos descompasados mientras profería atropelladas disculpas por la
tardanza.
Pero quiso la mala fortuna que,
debido a todo aquello, el aturullado conquistador perdiese pie y tropezase con
uno de los correajes de su armadura y cayese de bruces, cuan largo era, a los
pies del líder derrocado, dejando escapar la antorcha que portaba, que fue a
parar a los faldones de la chilaba del interfecto, que prendió al momento
provocando el comprensible enfado y fallecimiento del mismo entre majestuosas y
espectaculares llamaradas nocturnas. Esto provocó los vítores desaforados de
los espectadores al evento, no por afán truculento de venganza o sed de sangre,
sino porque así al menos iban a tener estabilidad política durante algunos años
seguidos al fin. Y las tabernas lo agradecerían, qué duda cabe.
Y aunque en ese momento Don
Rodrigo Díaz de Vivar pasó gran vergüenza y desasosiego, no entendió que justo
entonces, y por accidente, había inventado la mayor fiesta del levante
peninsular, las Fallas de Valencia, que quedarían como clara demostración del
hartazgo institucional del pueblo frente al gobernante.
FIN
